Historia de la fundadora
Mientras crecía, no llevé un solo corsé.
Llevé tres.
Milwaukee.
Cheneau.
Boston.
Cada uno venía con sus propias reglas, su propia incomodidad y su propio peso invisible.
El corsé Milwaukee fue el primero. Barras de metal. Un aro en el cuello. Algo que no olvidas.
El corsé Chêneau era doloroso y rígido, visible bajo la ropa. Algo que quieres olvidar.
El corsé Boston parecía más pequeño, pero más apretado. Algo que solo quieres atravesar.
Con cada corsé llegaban las citas.
Radiografías.
Fisioterapia.
Conversaciones sobre curvas y grados.
Conversaciones sobre cirugía y sobre cómo era “la única opción”.
A esa edad no entiendes del todo qué significa “progresión”. Y tampoco entiendes realmente ese futuro lejano del que hablan los médicos cuando dicen “cirugía”.
Solo sabes que tu cuerpo está siendo medido. Gestionado. Vigilado.
Te dicen que lo lleves.
Te dicen que te ayudará.
Pero nadie pregunta de verdad cómo se siente.
No solo físicamente.
Emocionalmente.
Aprendí disciplina muy pronto. Aprendí a obedecer.
Pero no aprendí a procesar lo que significaba vivir con un corsé.
No había un lugar donde registrar la incomodidad.
No había un lugar donde decir “hoy fue más difícil”.
Ningún recordatorio suave de que llevarlo 12 horas ya era valiente.
Así que construí lo que me habría gustado tener.
Tina no es una herramienta clínica.
Es una compañera.
Para la persona que se siente sola dentro del corsé.
Para la madre, el padre o el tutor que intenta comprender.
Para cualquiera que quiera ser visto, no solo corregido.
Conozco el sonido de las correas.
Las marcas en la piel. Las costillas doloridas por demasiada presión.
Los ejercicios de fisio.
El miedo detrás de la palabra “cirugía”.
Y también conozco la fuerza que todo eso construye.
Tina existe porque llevar corsé es más que cumplir.
Es identidad. Es aprender a resistir.
Y nadie debería pasar por eso en silencio.
La historia no terminó cuando terminaron los corsés.
De adulta, volví a mi cuerpo, esta vez de otra manera.
No como algo que corregir.
No como algo que medir.
Sino como algo que comprender.
La fisioterapia me enseñó algo que los corsés nunca pudieron:
Que la escoliosis no es solo restricción: también es conciencia.
Respiración.
Alineación.
Fuerza.
La misma columna que antes se sentía controlada se convirtió en algo con lo que podía trabajar.
¿Esa foto mía haciendo Schroth?
No trata de “arreglarme”.
Trata de seguir en conversación con mi cuerpo.
Y eso es lo que sostiene a Tina.